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Biografías de testigos de Jehová
lfs artículo 25
Karl Rietz.

KARL RIETZ | BIOGRAFÍA

La mano de Jehová nunca se queda corta

Mi familia y yo vivíamos en un pueblito de Wisconsin (Estados Unidos). Mi papá —llamado Clarence— estaba saliendo de la adolescencia cuando le dijo a mi abuelo: “En la escuela me enseñan que uno más uno más uno es igual a tres. Pero luego en la iglesia me enseñan que Dios es una trinidad, o sea, que uno más uno más uno es igual a uno. O dejo de ir a la escuela o dejo de ir a la iglesia, porque en algún lado me están engañando”. Entonces mi abuelo les pidió a unos pastores luteranos que le explicaran a papá la doctrina de la trinidad. Trataron de explicársela con circulitos y triángulos, pero nunca pudieron demostrar nada con la Biblia. Al día siguiente, papá pidió que borraran su nombre de los registros de la iglesia. Mi abuelo no quería, pero al final accedió.

Años después, en la casa de un familiar, mi padre conoció a un Estudiante de la Biblia (así se les llamaba entonces a los testigos de Jehová). Mi papá le preguntó directamente: “¿Puede explicarme la trinidad para yo entenderla?”. Él le contestó que no. “¡Lo sabía!”, respondió papá. “Un momento —le dijo el Estudiante de la Biblia—. No puedo explicar la trinidad porque no está en la Biblia”. Entonces se quedaron hablando toda la noche, y al día siguiente mi papá se fue directamente a trabajar sin haber dormido nada.

Una foto de Karl sonriendo de jovencito. Lleva traje y corbata.

Yo cuando tenía 12 años.

Papá leyó los libros que aquel Estudiante de la Biblia le dejó, y se convenció de que había encontrado la verdad. Tiempo después se casó. Más tarde, tanto él como mi mamá —llamada Kathryn— se bautizaron. Ellos me enseñaron a amar a Jehová. Así que me bauticé en 1945, justo antes de cumplir nueve años.

Los consejos de mis padres

Un día, papá me aconsejó: “Cuando te pidan hacer algo nuevo en el servicio a Jehová, nunca digas ‘No sé hacerlo’. Tienes que decir ‘Voy a aprender a hacerlo y haré lo mejor que pueda’. Recuerda que Jehová te ayudará, y su mano nunca se queda corta” (Números 11:23). Mis padres siempre me dieron un buen ejemplo porque ponían la predicación en primer lugar en su vida. De hecho, se mudaron a un lugar de Oklahoma donde hacían falta más publicadores. Eso me motivó a empezar el servicio de tiempo completo, y en 1956 me hice precursor regular.

Kathryn y Clarence Rietz.

Mis padres en los años sesenta.

Mis padres también me dieron consejos sobre cómo encontrar una buena esposa. Me dijeron que buscara a alguien que sirviera a Jehová. Un día, papá me dijo: “Cuando tengas novia, preséntasela a tu mamá lo antes posible. Si ella le da el visto bueno, hay muchas posibilidades de que seas feliz. Pero, si no, ¡mucho ojo!”. La primera novia que le llevé a mamá no le gustó para nada. Pero la segunda, llamada Arlene, fue todo un éxito.

Karl y Arlene el día de su boda.

Nuestra boda.

Arlene creció en una granja, pero se mudó para estar cerca del Salón del Reino. Se mantenía trabajando en un hogar de ancianos. Era una precursora muy espiritual y responsable, y nos casamos en 1959. Por cierto, se llevaba muy bien con mi mamá. Imagínense: ¡mamá casi siempre le daba la razón a Arlene en vez de a mí!

Siempre me ha encantado la capacidad de Arlene para adaptarse a cualquier circunstancia con tal de predicar. Por ejemplo, recuerdo un verano en que Arlene y yo estábamos predicando en un territorio no asignado en Kansas. Como no encontrábamos alojamiento, nos quedamos en una tienda de campaña tan pequeña que solo había espacio para dormir. Montamos la tienda en una zona donde solo se podía acampar como máximo cinco días. Pero, cuando le explicamos al encargado de aquella zona por qué estábamos en Kansas, él nos dijo: “¡Pues entonces quédense todo el tiempo que quieran!”. ¡La experiencia fue increíble!

De Galaad a Brasil

Un día recibimos dos solicitudes para la Escuela de Galaad. Nos sorprendió porque nosotros no las habíamos pedido. Pero pensamos: “¿Y por qué no ir?”. Al fin y al cabo, estábamos viviendo en una tienda de campaña y ya nos sentíamos misioneros, pero ahora podríamos ser misioneros de verdad. Al poco tiempo, nos invitaron a la clase 38 de Galaad, y nos graduamos en noviembre de 1963. ¡Nos mandaron a Brasil!

Llegamos a nuestro destino en 1964. En esa época no había suficiente espacio en los hogares misionales. Así que nos preguntaron si nos podíamos quedar temporalmente en la sucursal, en Río de Janeiro, y servir por la zona. Lo que más nos costó fue aprender portugués. Durante el primer mes, casi todos los días estudiábamos 11 horas. Y, durante el segundo mes, estudiábamos la mitad del día y la otra mitad predicábamos. Cuando empecé a hablar el idioma, metí la pata unas cuantas veces. Por ejemplo, predicándole a una señora nos contó que su esposo había fallecido, pero usó una palabra que todavía no habíamos aprendido. Por eso yo le dije: “¡Cuánto nos alegra!”. Menos mal que la señora vio que éramos extranjeros y no se lo tomó a mal.

Arlene y Karl estudiando portugués.

Estudiábamos portugués durante 11 horas al día.

Somos felices en Betel

Cuando llevábamos unos meses sirviendo como misioneros, me pidieron que trabajara una vez a la semana en la imprenta de Betel. Y más o menos un año después de haber llegado a Brasil, nos cambiaron de asignación: ahora seríamos betelitas. A mí, me pusieron en el taller de mantenimiento y, a mi esposa, como ama de llaves. Tengo que admitir que no me gustó mucho que nos invitaran a Betel. Nos encantaba predicar y nos hubiera gustado participar con el tiempo en la obra de circuito. Aun así, aceptamos el cambio y aprendimos a amar Betel. Años más tarde, la sucursal se trasladó a São Paulo.

Con el paso del tiempo, Brasil necesitó que se imprimieran cada vez más publicaciones, y yo vi cómo Jehová bendijo nuestros esfuerzos por cubrir esa necesidad. Por ejemplo, un día me pidieron que consiguiera otra prensa. Supe que había una prensa plana de segunda mano a muy buen precio, y fui a verla. Cuando pregunté por qué la estaban vendiendo, me dijeron que el sistema de alimentación de papel no funcionaba. De todas formas la compramos porque el resto de la prensa estaba en buen estado. La trajimos a nuestra imprenta, y allí desmonté las piezas más grandes y me metí en ella para revisarla. Resulta que el único problema que tenía es que había un conducto roto. Así que se lo cambiamos, y la prensa funcionó a la perfección durante muchos años.

El poder de la oración

Como la obra estaba creciendo tanto en Brasil, llegó un momento en que se necesitaba hacer que la imprenta fuera más grande. Y justo al lado de nuestra imprenta había un terreno desocupado. Estuvimos buscando al dueño durante un año, pero fuimos incapaces de encontrarlo. No sabíamos que él vivía a más de 1.000 kilómetros (621 millas) en una zona rural sin servicio postal ni teléfono.

Aun así, seguimos orando hasta que por fin vimos la respuesta. Un día, un hombre visitó Betel y nos comentó que el encargado de una tienda de la zona conocía al dueño de ese terreno. Entonces fuimos a verlo y nos dijo: “¿Ven a aquel hombre que está al otro lado de la calle? El que se está tomando una cerveza frente al bar. Pues él es el dueño”. Inmediatamente fuimos a hablar con él, y enseguida aceptó vendernos su terreno. Hacía años que no pasaba por la zona, ¡pero justo ese día estaba de visita! Así que, sin pensarlo dos veces, pusimos manos a la obra para ampliar la imprenta.

Junto a una prensa grande, el hermano Franz revisa junto a Karl una “Atalaya” en portugués.

Frederick Franz, miembro del Cuerpo Gobernante, visitó nuestra sucursal en 1974.

Tiempo después, la central mundial nos comunicó de repente que íbamos a recibir dos nuevas prensas rotativas. Pero nos dimos cuenta de que no iban a caber en el edificio de nuestra imprenta. Entonces, como siempre, nos pusimos a orarle a Jehová. Al día siguiente, vimos que otro vecino —que era impresor— estaba vaciando el edificio donde tenía sus prensas. Se estaba mudando y quería vender esa propiedad, que no solo estaba al lado de nuestra imprenta: ¡tenía el tamaño perfecto para las prensas que íbamos a recibir!

Para mediados de la década de los setenta, ya se necesitaba una sucursal más grande. Pero esta vez el Cuerpo Gobernante le pidió al Comité de Sucursal que buscara un terreno a las afueras de la ciudad pensando en futuras ampliaciones. Nos decidimos por un terreno cerca de Cesário Lange, a unos 150 kilómetros (90 millas) de São Paulo. Cuando le enviamos al Cuerpo Gobernante los planos para la construcción de la nueva imprenta, nos contestaron: “Se están quedando muy cortos. Deben construir el doble de lo que tienen planeado”. Y hasta nos mandaron los diseños para una imprenta mucho más grande, que al final fue la que construimos.

Aprendo a ser humilde

Yo era miembro del comité de la sucursal de Brasil, y eso me hacía pensar a veces que mi punto de vista era el mejor. Pero, cuando escuchaba la opinión de otros, como la de los demás miembros del comité, por lo general me daba cuenta de que yo estaba equivocado. He aprendido que “con muchos consejeros” se consiguen los mejores resultados (Proverbios 15:22).

Una vez recibí quejas sobre un hermano que trabajaba en mi departamento. Lo estaban acusando de hablarles de mala manera a otros. Como yo solo escuché una versión de la historia, recomendé que el hermano saliera de Betel. Y eso fue lo que pasó. Pero poco después me enteré de que las cosas no eran como me las habían contado. Aunque me costó, tuve que tragarme mis palabras y reconocer mi error. El hermano volvió a Betel, donde hizo un excelente trabajo durante varios años. Me había pasado lo que dice Proverbios 18:13: “Responder a un asunto antes de oír los hechos es tonto y humillante”. Créanme que aprendí muy bien la lección.

Cuando Arlene y yo llegamos a Brasil en 1964, había unos 28.000 publicadores en el país. ¡Pero ahora hay más de 926.000! Ha sido un honor ver el crecimiento tan rápido que Jehová ha logrado en Brasil (Isaías 60:22). Ya tenemos más de 80 años. Y la verdad es que nos sentimos muy satisfechos de haber servido a tiempo completo desde jóvenes y de haber hecho lo mejor que hemos podido. No tenemos la menor duda: la mano de Jehová nunca se queda corta.

Sentados en un jardín, Arlene y Karl sonríen.
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