CAROL APPLEBY | BIOGRAFÍA
Jehová me ayudó a criar a mis cinco hijos
He vivido toda mi vida cerca de Malton, un pueblo inglés en Yorkshire del Norte. Es una zona preciosa con colinas, bosques y hermosos prados verdes. En sus caminos de curvas hay casitas de piedra y pueblitos con encanto. Era un lugar ideal para criar a mis cinco hijos, pero no todo fue siempre un camino de rosas. Déjenme contarles por qué.
Crecí en una granja pequeña con mis padres, mis dos hermanos y mis dos hermanas. En la granja producíamos casi todo lo que necesitábamos. Teníamos gallinas, cerdos y vacas. Obviamente, había mucho trabajo, pero era una vida feliz.
En la granja, cuando yo tenía 14 años.
Asistíamos a la Iglesia metodista. Como papá cantaba muy bonito, estaba en el coro, y otras iglesias de la zona lo invitaban a cantar. Y yo muchas veces iba con él. Las iglesias eran edificios de piedra inmensos, y hacía un frío en invierno... Papá se ponía al frente de todos y cantaba. Pero, como las primeras filas eran para la gente importante, yo tenía que sentarme en las de atrás. Aun así, me encantaba oírlo cantar.
Todos los domingos nos visitaba mi abuela por parte de mi padre. Tristemente, mi abuelita, como yo la llamaba, murió cuando yo tenía unos 16 años. Perderla me partió el corazón. Por eso, quería saber adónde se había ido y si podría volver a verla. Para averiguarlo, fui varias veces adonde una médium espiritista. Pero su casa me daba miedo; hacía frío y estaba sucia. Yo solo quería saber dónde estaba mi abuelita, pero la médium no era capaz de decírmelo.
Unos años después, un primo lejano que era testigo de Jehová me invitó a asistir a una reunión. Decidí ir aunque había escuchado que los Testigos creían en cosas raras. En la reunión conocí a una mujer muy amable que me preguntó si quería estudiar la Biblia con ella. Y así fue como empecé a conocer a Jehová. Al principio usaba la King James Version porque mamá me había dicho que la Biblia de los Testigos no era exacta. Pero enseguida me di cuenta de que eso no era cierto.
Estaba muy emocionada con lo que iba aprendiendo en mi curso de la Biblia. Me tranquilizaba mucho saber que mi abuelita estaba como dormida y que la iba a ver otra vez cuando resucitara.a Cuanto más estudiaba, más me daba cuenta de que no sabía casi nada de Dios ni de la Biblia. Y lo mismo le pasaba a papá, y eso que llevaba yendo a la iglesia muchos años... De hecho, en la iglesia habíamos cantado muchas veces el himno religioso Guide Me, O Thou Great Jehovah (que significa “Guíame, oh, gran Jehová”), pero ni siquiera sabíamos sobre quién estábamos cantando.
Me caso y empieza la oposición
A mi novio, Ian, comenzó a interesarle lo que enseña la Biblia, y aceptó estudiarla. Empezó a poner en práctica lo que estaba aprendiendo, ¡y hasta dejó de fumar! Nos casamos en septiembre de 1971. Pero poco después mi suegra murió, y eso resultó ser una prueba de fe para los dos. Algunos familiares y amigos cercanos organizaron reuniones sociales por el funeral de mi suegra y querían que estuviéramos presentes. Pero la verdad es que en esas reuniones la mayoría fumaba y bebía mucho. Todo esto hizo que Ian se sintiera tentado a volver a las viejas costumbres.
Lamentablemente, Ian cayó en la tentación y se le empezó a hacer difícil seguir por el buen camino. Comenzó a perderse sus clases bíblicas y a faltar a algunas reuniones. Pero en mi caso era todo lo contrario: me encantaba estudiar la Biblia, ir a las reuniones y predicar. Me bauticé el 9 de marzo de 1972. Aunque Ian vino a ver mi bautismo, poco a poco empezó a oponerse a que sirviera a Jehová. Al principio, no quería ni ver nuestras publicaciones. Y luego no quería que yo predicara. Al final, me insistía en que fuera con él al pub (un bar de estilo inglés) cuando había fiestas de cumpleaños y de Navidad. Por respeto a su autoridad como esposo, a veces lo acompañaba, pero siempre tenía cuidado para no hacer nada que desagradara a Jehová.b En esas ocasiones, me iba al baño y le oraba mucho a Jehová para que me ayudara a ser leal y a mantener una conciencia limpia. Y siempre sentía el apoyo de Jehová.
Ian y yo tuvimos a nuestros primeros tres hijos: Philip, Nigel y Andrew. Mi esposo estaba fuera de casa la mayor parte de la semana porque era camionero y tenía que viajar largas distancias. Yo hacía todo lo posible por ser una buena esposa y al mismo tiempo darle lo mejor a Jehová. Por eso predicaba los días que Ian no estaba en casa y le dedicaba a él los fines de semana. Además, me propuse nunca hablarles mal a mis hijos de su papá.
Hice muchos amigos en la congregación y llevé a algunos a casa de mis padres para que los conocieran. Con el tiempo, papá y mamá se encariñaron con mis nuevos amigos. Por ejemplo, cuando falleció un hermano muy querido de la congregación, mamá asistió al funeral en el Salón del Reino. Poco después, mis padres, mi hermano Stanley y su esposa, Averil, empezaron a estudiar la Biblia y se bautizaron.
Stanley y Averil tenían un hijo y una hija. A mi cuñada y a mí nos encantaba predicar juntas con los niños. Ni ella ni yo teníamos auto, así que caminábamos kilómetros y kilómetros empujando nuestros cochecitos de bebé. Andrew iba dentro del cochecito, Nigel se sentaba en la parte de arriba y Philip caminaba al lado de nosotras agarrado del cochecito. A pesar de todo, nos sentíamos muy felices.
Philip, Nigel, mi papá y yo junto a las tiendas de campaña donde dormimos en una asamblea.
La crianza de mis hijos
Más adelante, Ian y yo tuvimos a nuestras dos hijas: Caroline y Debbie. Me puse el objetivo de que todos mis hijos conocieran y sirvieran a Jehová. Quería hacer todo lo posible por poner en práctica los consejos que da la Biblia para los padres. Le prometí a Jehová que le iba a servir toda la vida, y quería que mis hijos vieran que me esforzaba al máximo por cumplir esa promesa al hacer las cosas a la manera de Jehová.
Uno de los primeros textos que me aprendí de memoria fue 1 Corintios 15:33, que dice: “Las malas compañías echan a perder las buenas costumbres”. Recuerdo lo que contó una hermana en una asamblea. Ella les decía a sus hijos que dejaran a sus “amigos de la escuela” en la escuela. Me pareció un consejo buenísimo, pero no fue fácil que mis hijos lo entendieran. Por ejemplo, a veces los chicos se escapaban de casa para jugar fútbol con sus compañeros de clase. No es que esos muchachos fueran malos, pero no servían a Jehová. Y eso se notaba en su manera de hablar y de comportarse.
Una vez les dije a mis hijos que, si querían jugar fútbol después de la escuela, yo iba a jugar con ellos. Pero esa idea fue un desastre. ¡Resulta que era malísima para el fútbol! Aun así, no me di por vencida. Seguí intentando ayudar a mis hijos a escoger bien a sus amigos. Con el tiempo, encontraron maneras de divertirse sin tener que pasar tiempo con personas que no servían a Jehová.
Otro texto en el que pensaba mucho era 1 Juan 2:17, que dice: “El mundo se está yendo, y sus deseos también, pero el que hace la voluntad de Dios vive para siempre”. Yo tenía claro que el mundo de Satanás iba a desaparecer, y por eso quería ayudar a mis hijos a tener metas espirituales y a servir a Dios para siempre. Cuando surgía un problema, aunque fuera pequeñito, le oraba a Jehová y siempre encontraba la ayuda que necesitaba en la Biblia. Cuando les mostraba a los niños lo que decía la Biblia, ellos podían ver que esos consejos venían de Jehová y no de mí. Yo me esforzaba por enseñarles con mis palabras y con mi ejemplo, y ellos reaccionaron muy bien. Por ejemplo, desde pequeñitos, hacían revisitas, y eso los alegraba mucho y los animaba.
Yo sabía que asistir a las reuniones era muy importante. Pero me di cuenta de que los niños estaban muy cansados durante las reuniones de entre semana. Así que, los días que había reunión, iba a buscarlos al colegio, comíamos algo ligero y luego dormíamos una siesta. ¡Problema resuelto! Solo faltábamos a la reunión si uno de nosotros estaba enfermo y no podía ir al Salón del Reino. En ese caso, analizábamos la información en casa y no veíamos televisión hasta que hubiéramos terminado. Pero a veces Ian llegaba de repente, y entonces corríamos a esconder los libros y a encender la tele.
También tratábamos de hacer siempre nuestra adoración en familia. A veces hablábamos de Betel, y les preguntaba a los niños en qué departamento les gustaría trabajar.
Mis niños: Philip, Caroline, Debbie, Andrew y Nigel (de izquierda a derecha).
El precursorado era la meta
Cuando mi hijo mayor, Philip, tenía 16 años, le hicieron dos ofertas de trabajo: una para trabajar de mecánico a tiempo completo, y otra limpiando ventanas a tiempo parcial. Pero él no quería aceptar la de limpiar ventanas porque decía que podía ayudar con los gastos de la casa si trabajaba a tiempo completo. Yo trataba de hacerle ver que era su padre quien tenía la responsabilidad de mantener a la familia. Además, le dije que siempre habíamos tenido lo necesario y que, si trabajaba a tiempo parcial, podía empezar ya el precursorado.
Al final, Philip se hizo precursor regular en cuanto acabó la escuela secundaria, y yo empecé el precursorado auxiliar. Nigel, mi segundo hijo, hizo lo mismo que su hermano, y entonces yo también me hice precursora regular. Me propuse serlo al menos por un año. Así podría apoyar a mis hijos en la predicación e ir a la escuela de precursores. ¡Y lo logré! Pude ir a la escuela con Nigel.
Desde el principio, me enamoré del precursorado. Sabía que siendo precursora les estaba dando un buen ejemplo a mis hijos. Es cierto que Ian me hubiera puesto mil obstáculos si se hubiera enterado, pero siempre me las arreglaba para predicar entre semana, cuando él estaba trabajando, y así podía pasar tiempo con él cuando estaba en casa. Gracias a Jehová, ya llevo 35 años de precursora.
Con el tiempo, Nigel solicitó ir a Betel, y lo aceptaron. Allí hizo muy buenos amigos, y la capacitación que recibió lo ayudó a madurar mucho en sentido espiritual. Philip y Andrew asistieron a la Escuela de Entrenamiento Ministerial.c Para mí, ellos fueron a esa escuela siendo “mis niños”, pero, cuando volvieron a casa, vi que se habían convertido en verdaderos hombres (1 Pedro 5:10). Toda la preparación que recibe el pueblo de Jehová es impresionante. Estoy muy agradecida a Jehová y a su organización por haberles enseñado tan bien a mis hijos.
De camino a la predicación.
Otras dificultades
He pasado por situaciones muy difíciles a lo largo de los años. Una prueba muy dura fue cuando mi esposo me fue infiel. Después de 33 años juntos, me dejó y se fue a vivir con otra persona. También fue difícil para mí ver a mis padres envejecer. Por desgracia, papá falleció en marzo de 1997, y eso dejó a mamá sin su compañero. Sin papá, mamá se sentía sola y triste. Como no sabía conducir, muchas veces yo la llamaba y le decía: “¿Te busco, vamos a dar una vuelta y hacemos unas revisitas?”. Después de varios años, decidió hacerse precursora también. Y fue lo mejor que pudo hacer, porque volvió a sentirse útil y con propósito. Cuando murió, llevaba 10 años haciendo el precursorado. Fue muy feliz durante todo ese tiempo.
Cuando pienso en todos estos años, reconozco que no fue nada fácil criar a mis cinco hijos para que sirvieran a Jehová. Siempre supe que eran ellos los que tenían que decidir si querían ser Testigos o no. Yo no podía controlar todo lo que ellos iban a hacer, pero sí podía controlar lo que yo haría. Así que sencillamente seguí la guía de Jehová y les enseñé al mayor grado posible con mis palabras y mi ejemplo. Estoy muy orgullosa de mis hijos por haber decidido servir a Dios.d Le doy las gracias a Jehová por ayudarme a criarlos.
En la actualidad, con mis hijos.
a Vea el video ¿Qué le pasa a la gente cuando muere?
c Esta escuela fue reemplazada por la Escuela para Evangelizadores del Reino.
d En la actualidad, Philip sirve como instructor de escuelas teocráticas en Irlanda. Nigel es siervo de Salón de Asambleas en Inglaterra. Andrew es anciano y ha servido como precursor los últimos 30 años. Caroline fue precursora por cinco años, y Debbie vive conmigo y me ayuda mucho en la predicación.