BIOGRAFÍA
Setenta años sirviendo a Jehová en Cuba
NACÍ en 1947 en la hermosa isla de Cuba, que se encuentra donde se juntan las cálidas aguas del norte del mar Caribe y las del océano Atlántico. Después, mis padres tuvieron a mis dos hermanas pequeñas. Los cinco vivíamos en el pueblo de Esmeralda.
Recuerdo que la vida en el pueblo era tranquila. Vivíamos cerca de algunos familiares, entre ellos tíos y abuelos. No nos faltaba la comida y éramos muy felices.
Cuando tenía unos cinco años, mis padres empezaron a estudiar la Biblia con Walton Jones. Este entusiasta evangelizador caminaba unas diez horas para llegar a nuestro pueblo. Cada vez que venía, muchos miembros de la familia se reunían en casa de mis abuelos y hablaban con él de la Biblia durante horas. A mis padres, a mi tío Pedro y a mi tía Ela les encantaba lo que aprendían, y en poco tiempo se bautizaron como testigos de Jehová. En la actualidad, Ela tiene casi 100 años y todavía sirve de precursora en Cuba.
Por aquel entonces, los testigos de Jehová teníamos libertad religiosa. Éramos muy conocidos por ir predicando de casa en casa con los bolsos y maletines llenos de publicaciones bíblicas. ¡Y caminábamos un montón! Recuerdo con cariño aquellos años de mi infancia sirviendo a Jehová. Fueron “tiempos buenos”, pero se acercaban “tiempos difíciles” (2 Tim. 4:2).
LLEGAN TIEMPOS DIFÍCILES
Cuando yo tenía unos cinco años, mi padre y mi tío viajaron a otra parte de la isla para asistir a una asamblea. Desgraciadamente, bebieron agua contaminada y contrajeron fiebre tifoidea. Cuando regresaron, mi tío se quedó totalmente calvo pero sobrevivió. En cambio, mi padre murió. Solo tenía 32 años.
Al morir mi padre, mi madre decidió que todos nos mudáramos a casa de su hermano, en el poblado de Lombillo. Tuvimos que separarnos de nuestros parientes, incluidos nuestros queridos abuelos. Pero mi madre, mis hermanas y yo seguimos sirviendo juntos a Jehová.
El 26 de agosto de 1957 me bauticé en un embalse cercano. Tenía 10 años. Poco me imaginaba yo que, en menos de dos años, la situación de los testigos de Jehová en Cuba cambiaría drásticamente. En 1959, el Gobierno fue derrocado y se estableció un sistema político comunista.
El nuevo Gobierno le daba mucha importancia al servicio militar. Y eso nos afectó a los testigos de Jehová, que por todo el mundo nos mantenemos neutrales en asuntos militares y políticos. Poco a poco fuimos perdiendo la libertad religiosa que durante tanto tiempo habíamos tenido. Al final, el Gobierno prohibió nuestras actividades y cientos de hermanos fieles fueron encarcelados. A algunos los golpeaban con frecuencia y no les daban suficiente comida. Y a veces la comida que les daban tenía sangre, algo que la Biblia nos prohíbe comer.
A pesar de los problemas, seguimos reuniéndonos para adorar a Jehová (Heb. 10:25). Hasta celebrábamos asambleas por todo el país en fincas y otros lugares. Una vez un hermano nos permitió usar un gran corral donde guardaba las ovejas (o carneros, como les decimos en Cuba). No nos dio tiempo ni a limpiarlo ni a sacar los animales. Pero eso no impidió que tuviéramos la asamblea. ¡Estuvimos todas las ovejas juntas, tanto las literales como las espirituales! (Miq. 2:12).
Estábamos muy agradecidos a los hermanos que trabajaban tan duro para transmitirnos el alimento espiritual. En algunos casos, el programa de las asambleas se grababa de antemano en cintas de casete, que luego se hacían circular por todo el país. A veces eran solo dos hermanos los que preparaban, presentaban y grababan todos los discursos. Y, como las grabaciones se hacían clandestinamente, a menudo se oían de fondo gallos y otros ruidos graciosos. Si no había electricidad donde celebrábamos la asamblea, un hermano se subía a una bicicleta estática conectada a un aparato que generaba corriente al pedalear. Con ese invento casero se lograba reproducir la grabación y escuchar el programa. Puede que no tuviéramos las circunstancias ideales ni tantas publicaciones impresas como en otros lugares, pero siempre tuvimos suficiente alimento espiritual. ¡Y cuánto disfrutábamos sirviendo juntos a Jehová! (Neh. 8:10).
PRECURSORES Y PADRES
A los 18 años, comencé el precursorado regular en la ciudad de Florida. Como un año después, fui nombrado precursor especial en Camagüey, la capital de la provincia. Allí conocí a Emilia, una hermana muy bella de Santiago de Cuba. Nos hicimos novios y, en menos de un año, nos casamos.
(Izquierda) Con otros ancianos en la Escuela del Ministerio del Reino (Camagüey, Cuba, 1966)
(Derecha) El día de nuestra boda (1967)
Me puse a trabajar a tiempo completo en uno de los numerosos centrales azucareros del Gobierno. Aunque Emilia y yo no pudimos seguir siendo precursores, queríamos dedicar el mayor tiempo posible a las actividades espirituales. Conseguí que me dieran el turno de tres a once de la mañana en el central. No es que me encantara madrugar tanto, pero ese horario me permitía predicar y asistir a todas las reuniones con Emilia.
En 1969 nació nuestro primer hijo, Gustavo. Más o menos por ese entonces me pidieron que volviera al servicio de tiempo completo, pero esta vez como superintendente viajante. En aquellos años era común en Cuba que los superintendentes de circuito tuvieran hijos. Así comenzó una de las épocas más felices y a la vez más ocupadas de nuestra vida. Para Emilia y para mí fue un honor que nos pidieran que fuéramos a ayudar a las congregaciones de esa manera. Mientras estábamos en la obra de circuito, nacieron nuestros hijos Obed y Abner, y nuestra hija Mahely.
Cuando pienso en los años que pasamos como viajantes, me alegra recordar cómo bendijo Jehová a su pueblo en Cuba. También bendijo nuestros esfuerzos como padres por enseñar a nuestros hijos a amarlo. Pero déjenme que les cuente más detalles de cómo era nuestra vida en la obra de circuito.
NUESTRO SERVICIO EN EL CIRCUITO DURANTE LA PROHIBICIÓN
En las décadas de 1960 y 1970 empezamos a notar más los efectos de la prohibición de nuestra obra. Los Salones del Reino se cerraron. Los misioneros fueron expulsados del país. Muchos hermanos jóvenes fueron arrestados y encarcelados. Y la sucursal de La Habana también fue cerrada.
En la obra de circuito (década de 1990)
Debido a la prohibición, solo podíamos visitar las congregaciones los fines de semana. Así que cada visita duraba dos fines de semana. Viajábamos con poco equipaje y normalmente en bicicleta, que era la forma más discreta de moverse. Claro, nuestras visitas no se podían anunciar. Teníamos que actuar como si estuviéramos yendo a ver parientes. Pero eso no era un problema. Nos sentíamos tan en familia con los hermanos que a veces debíamos tener cuidado para no olvidar que el objetivo de la visita era espiritual (Mar. 10:29, 30). Con todo, había que ser prudentes. No era raro que la policía nos siguiera y nos interrogara. Y los que nos hospedaban corrían el riesgo de ser arrestados si se descubría lo que estábamos haciendo (Rom. 16:4).
En este periodo, pudimos ver lo generosos que eran los hermanos a pesar de tener muy poco dinero. En algunos lugares parecía haber más mosquitos que personas. Aun así, los hermanos nos dejaban el único mosquitero que tenían para que pudiéramos descansar bien por la noche. Otros nos invitaban a quedarnos en su casa aunque casi no tenían comida para ofrecernos. De hecho, algunas veces éramos nosotros los que llevábamos comida para compartirla con ellos.
No podíamos llevarnos con nosotros a todos nuestros hijos cuando visitábamos las congregaciones. Así que solo nos llevábamos a uno, y mi madre y mi hermana se quedaban cuidando a los demás. En realidad, viajar con un niño tenía sus ventajas. Escondíamos las publicaciones en la bolsa de pañales sucios. Así, cuando los policías registraban nuestras cosas, nunca se animaban a meter las manos allí.
Admiro a Emilia por todo lo que hizo durante nuestros años de servicio a tiempo completo para cuidar a los niños y apoyarme. En mi caso tuve que equilibrar mi trabajo en el central azucarero con mis responsabilidades como superintendente de circuito. En ocasiones trabajé doble turno una o dos veces a la semana para tener libres los sábados y los domingos. Sin embargo, con el tiempo me hicieron jefe de brigada y me pusieron a trabajar los siete días de la semana. No podía negarme a cumplir ese horario. Pero me di cuenta de que, si me encargaba de que toda la brigada tuviera suficiente trabajo para el fin de semana, nadie decía nada y yo podía visitar las congregaciones. ¡Que yo sepa mis jefes nunca notaron mi ausencia!
FELICES PESE A LOS CAMBIOS
Primera asamblea pública después de la prohibición (1994)
En 1994, los hermanos encargados de dirigir la obra en Cuba organizaron una reunión especial en La Habana. Convocaron a todos los viajantes, que en aquel entonces éramos unos 80. ¡Cuánto nos alegró conocernos por fin después de tantos años! Lo primero que se trató en la reunión fueron algunos cambios en la organización. Y luego se hizo un anuncio impactante: querían dar a conocer nuestros nombres a las autoridades. ¡¿Pero por qué?!
Nos explicaron que, para mejorar la relación de los testigos de Jehová con el Gobierno, se habían reunido varias veces con las autoridades. Y los funcionarios les habían pedido una lista con los nombres de los superintendentes viajantes. Todos estuvimos de acuerdo en que se dieran nuestros nombres. A partir de ese momento, las conversaciones con el Gobierno tuvieron buenos resultados.
Poco a poco se nos permitió reunirnos y predicar abiertamente, aunque todavía no se contemplaba que fuéramos inscritos como religión. Con el tiempo nos enteramos de que las autoridades ya conocían los nombres de algunos superintendentes viajantes. Aun así, querían que les confirmáramos los datos que ya tenían.
En septiembre de 1994 nos autorizaron a volver a abrir una sucursal en el país. Y al final resultó que pudimos usar el mismo edificio que se había cerrado 20 años antes.
Tiempo después, en 1996, los hermanos nos llamaron a Emilia y a mí para invitarnos a servir en Betel. Tras superar la sorpresa inicial, les expliqué que todavía teníamos que cuidar de dos hijos que vivían con nosotros. Los hermanos analizaron bondadosamente nuestra situación, y decidieron que de todos modos sirviéramos en Betel. Así que aceptamos la invitación y empezamos a organizar la mudanza a La Habana.
(Izquierda) Emilia en el Departamento de Costura en la sucursal de Cuba (principios de la década del 2000)
(Derecha) Dedicación de un Salón de Asambleas (2012)
Para ser francos, al principio no me gustaba servir en Betel. Había pasado muchos años como superintendente viajante y mi cabeza y mi corazón todavía seguían con los hermanos de las congregaciones. Así que se me hacía duro tener que estar sentado detrás de un escritorio. Pero otros betelitas y sobre todo mi esposa me ayudaron a cambiar de actitud. Con el tiempo recuperé la felicidad, y ahora estoy muy contento en Betel.
(Izquierda) Graduación de la Escuela Bíblica para Matrimonios Cristianos (2013)
(Derecha) Comité de Sucursal de Cuba (2013)
En una asamblea de circuito con nuestra hija y su esposo
Ya no somos jóvenes. Sin embargo, Emilia y yo sentimos una inmensa alegría al recordar todos los hermanos con los que hemos trabajado a lo largo de estos años. También nos hace muy felices ver que nuestros hijos y nietos sirven a Jehová. Nos sentimos igual que el anciano apóstol Juan cuando dijo: “Nada me da más alegría que oír que mis hijos siguen andando en la verdad” (3 Juan 4).
Llevamos casi 30 años en Betel. A pesar de las luchas diarias con la edad y con problemas de salud como el cáncer, tratamos de cumplir nuestras responsabilidades lo mejor que podemos. Es cierto que durante nuestros años de servicio a Jehová nos hemos enfrentado a algunos desafíos. Pero nos alegra haber podido servir al “Dios feliz” durante unos 70 años aquí en la isla de Cuba (1 Tim. 1:11; Sal. 97:1).