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El hermano David Splane trabajando en su escritorio.

BIOGRAFÍA

Jehová me ha enseñado desde que era joven

RELATADA POR DAVID SPLANE

ME QUEDÉ mirando la hojita que el hermano acababa de darme. Decía: “David Splane, 8 de abril de 1953: ‘Proclamando el fin del mundo’”. “¿Qué es esto?”, le pregunté. Y el hermano respondió: “Es un discurso que tienes que presentar en la Escuela del Ministerio Teocrático”.a Entonces exclamé: “¡Pero yo no me apunté para esto!”.

Bueno, me estoy adelantando un poco. Nací durante la Segunda Guerra Mundial en Calgary (Canadá). A finales de los años cuarenta, un joven precursor llamado Donald Fraser vino a nuestra casa a predicar, y mamá aceptó un curso de la Biblia. Ella se enamoró de la verdad, pero debido a sus graves problemas de salud no podía asistir a muchas reuniones. Aunque en 1950 llegó a bautizarse, tristemente falleció menos de dos años después. Para ese entonces, mi padre todavía no era Testigo, pero aceptó que un hermano pronunciara el discurso de funeral.

Unos días después del funeral, una hermana mayor llamada Alice, que era ungida, me invitó a una reunión de congregación. Ella me conocía porque me había visto asistir los fines de semana con mamá cuando su salud se lo permitía. Le pregunté a mi padre si podía ir. Me dijo que sí y decidió ir conmigo “solo esta vez” para darle gracias al hermano que dio el discurso de funeral. Esa noche tuvo lugar la Escuela del Ministerio Teocrático y la Reunión de Servicio. ¡Qué mejor primera reunión para mi padre! Resulta que él había tomado un curso para hablar en público, así que lo que escuchó en aquella reunión lo dejó impresionado. A partir de ahí comenzó a asistir a esa reunión todas las semanas y con el tiempo también a otras.

En aquellos días, el siervo de la Escuela del Ministerio Teocrático comenzaba la reunión pasando lista de todos los hermanos que estaban matriculados y cada uno respondía diciendo: “Presente”. Una noche le pedí al hermano que también leyeran mi nombre en la siguiente reunión. Él me felicitó con cariño pero no me preguntó si yo sabía lo que eso implicaba.

Yo solo quería que leyeran mi nombre en voz alta, ¡no tenía ni idea de que ahora tendría que presentar discursos! La semana siguiente dijeron mi nombre y yo con la frente en alto exclamé: “¡Presente!”. Al terminar la reunión, todos vinieron a felicitarme. Y, unas semanas después, me entregaron la hojita con la asignación que mencioné al principio del artículo.

¡En buen aprieto me había metido! En ese entonces, no había asignaciones de lectura de la Biblia; se esperaba que los estudiantes presentaran discursos de entre seis y ocho minutos. Mi padre me ayudó a preparar aquel primer discurso y me hizo practicarlo 20 veces. Después de presentarlo recibí consejos muy valiosos. Con los años, Jehová me ha capacitado a través de mi padre, de hermanos y hermanas hábiles y de su organización.

SIGO APRENDIENDO

Alice, a quien mencioné antes, me ayudó a dar mis primeros pasos en la predicación. En aquel tiempo, se nos animaba a leerle tres textos a cada persona y luego ofrecerle un libro. Cuando era mi turno de hablar, ella se presentaba, comenzaba la conversación y después me invitaba a leer el primer texto. De ahí en adelante, yo seguía con la conversación, leía los otros dos textos y ofrecía la publicación. Con el tiempo, aprendí a empezar la conversación yo mismo. A finales de 1954, mi padre se bautizó, y a partir de entonces se hizo cargo de seguir enseñándome a predicar. Aunque él estaba solo, se esforzó al máximo para criarme en la verdad. De hecho, era una persona muy disciplinada con las reuniones y el ministerio. Por eso yo siempre sabía lo que haríamos las noches que había reunión y los sábados y domingos por la mañana.

En la escuela no fui un estudiante sobresaliente, pero lo que aprendí en esos 12 años me ha sido muy útil toda mi vida. Por ejemplo, aprendí a hacer sumas largas con muchas cifras y adquirí unas buenas bases de la gramática de mi idioma. Esos conocimientos lingüísticos y lo que aprendí en una clase de escritura creativa me han sido de utilidad ahora que trabajo en el Departamento de Redacción.

A menudo me preguntan cómo surgió mi interés por la música. Resulta que a mis padres les encantaba. Cuando tenía siete años, comencé a tomar clases de piano, pero a mi maestra no le parecía que yo tuviera mucho talento que digamos. Entonces le sugirió a papá que suspendiéramos las clases. Y no la culpo, pues la verdad es que en ese momento no me interesaba mucho el piano.

Unos meses más tarde, papá encontró otra maestra. Esta vez estudié piano y canto, y comenzó mi pasión por la música. De pequeño tenía una agradable voz de soprano y gané varios concursos. Mi objetivo al estudiar música era conseguir un título que me permitiera ganarme la vida dando clases y ser precursor. Sin embargo, a medida que iba avanzando en mis estudios, me di cuenta de que tendría que pasar mucho tiempo estudiando para los exámenes de Armonía, Historia de la música y Composición. Así que dejé mis estudios y empecé el precursorado regular. Eso fue en el año 1963.

SER PRECURSOR TRAE ALEGRÍAS

Después de un año como precursor regular, me nombraron precursor especial y me enviaron a Kapuskasing (Ontario). Mi compañero era Daniel Skinner y me doblaba la edad. Él me enseñó mucho sobre cómo funciona una congregación. Con solo 20 años llegué a formar parte del Comité de Servicio de la Congregación, así que tenía mucho que aprender. Me entusiasma ver que la organización de nuevo le está dando tanta importancia a capacitar a los hermanos jóvenes. Si trabajan duro, pueden serle muy útiles a Jehová incluso a una edad muy temprana.

Kapuskasing tenía sus retos. Los inviernos eran muy muy fríos. Los días más “cálidos”, las temperaturas podían llegar a 33 °C bajo cero (-27 °F), y los más fríos, hasta los 44 °C bajo cero (-47 °F). Dan y yo teníamos que ir caminando a casi todos lados. Ahora bien, una de las muchas alegrías de servir allí fue conocer a una hermana llamada Linda Cole, quien después llegaría a ser conocida como Linda de Splane.

A Linda le encantaba predicar y tenía muy buenas revisitas. Era generosa, cariñosa y muy sociable. Su madre era una fiel hermana llamada Goldie. Su padre, Allen, al principio estaba en contra de los testigos de Jehová. A pesar de la oposición de Allen, Goldie llevaba a Linda y a sus hermanos —John y Gordon— al Salón del Reino y les enseñaba a predicar. Los cuatro sirvieron de precursores en algún momento u otro. Años después, Allen se bautizó y llegó a estar muy activo en la congregación.

En 1965, me invitaron a asistir a la Escuela del Ministerio del Reino para recibir más capacitación. El curso, que duraba un mes, se celebró en el Betel de Canadá. En esa escuela me propusieron llenar una solicitud para ir a Galaad. Nunca había contemplado esa posibilidad porque pensaba que no tenía madera de misionero, pero aun así llené la solicitud. Me invitaron a la clase número 42. En Galaad, cada cierto tiempo los instructores nos entregaban una evaluación de nuestro progreso. En la primera me animaron a aprovechar el tiempo que durara la escuela para aprender todo lo que pudiera acerca de la organización. ¡Qué buen consejo para un joven de 21 años!

En una de las materias de Galaad se enseñaba cómo tratar con la prensa y las estaciones de radio y televisión. ¡Me pareció fascinante! Quién iba a decir que aquello me ayudaría tanto en el futuro, como explicaré más tarde.

ME ENVÍAN A SENEGAL

Pocos días después de la graduación, Michael Höhle y yo partimos hacia Senegal, el país africano al que nos asignaron como misioneros. Para aquel momento había allí unos 100 publicadores.

Después de unos meses allí, me invitaron a trabajar un día a la semana en la sucursal, que en realidad era solo una habitación en un hogar misional. Por más modesta que fuera aquella oficina, el siervo de sucursal, Emmanuel Paterakis, siempre me recordó que representaba a la organización de Jehová en ese país. En cierta ocasión, el hermano Paterakis decidió que les escribiéramos una carta de ánimo a todos los misioneros. En aquel tiempo no era fácil ni barato hacer copias de las cartas, así que había que hacerlas una por una en la máquina de escribir. Era mucho trabajo, sobre todo porque no se permitía ni un solo error ni borradura.

Ese mismo día al anochecer, mientras me alistaba para regresar a mi hogar misional, el hermano Paterakis me entregó un sobre y me dijo: “David, la Sociedad te ha escrito”. Cuando más tarde abrí el sobre, encontré una de las cartas que yo mismo había escrito. Aquello me enseñó a respetar a la organización sin importar lo grande o pequeña que sea la sucursal local.

El hermano Splane junto a otros hermanos y hermanas sonriendo contentos para una foto.

Con otros misioneros en Senegal en 1967.

Me hice amigo de muchos publicadores de la congregación, y los sábados por la noche solíamos pasar tiempo juntos. ¡Fueron momentos muy agradables! Aún seguimos en contacto. Por cierto, como en Senegal hablaba francés, esto me ha sido muy útil al visitar otras sucursales del mundo donde se habla este idioma.

En 1968, Linda y yo nos comprometimos. Por varios meses traté de encontrar un trabajo de tiempo parcial que nos permitiera a los dos ser precursores juntos en Senegal, pero se esperaba que las empresas contrataran gente local en lugar de extranjeros. Finalmente regresé a Canadá, nos casamos y nos enviaron como precursores especiales a una pequeña ciudad de la provincia de Nueva Brunswick llamada Edmundston, en el límite con la provincia de Quebec.

David y Linda Splane posando sonrientes en un pasillo decorado con flores.

En nuestra boda, en 1969.

EL PRECURSORADO EN NUEVA BRUNSWICK Y QUEBEC

En Edmundston solo había unos pocos estudiantes de la Biblia y ningún publicador. La religión católica dominaba casi todo aspecto de la vida de la gente. Prácticamente en todas las casas había un letrero que decía: “No se permiten testigos de Jehová”. En aquella época no se enfatizaba tanto como ahora la idea de respetar ese tipo de letreros, así que no les hacíamos mucho caso y tocábamos en todas las puertas. Cada semana, una organización católica ponía un aviso en el periódico local que decía: “Hagamos una cacería de brujas contra los testigos de Jehová”. En la ciudad solo había cuatro “brujas” —Victor y Velda Norberg, y Linda y yo—, ¡así que estaba claro a quiénes se referían!

Nunca olvidaré la primera visita del superintendente de circuito. Después de pasar una semana con nosotros, nos dijo: “Mientras están aquí, quizás lo máximo que puedan conseguir es vencer los prejuicios”. A partir de entonces, eso se convirtió en nuestra meta, ¡y funcionó! Poco a poco, la gente comenzó a darse cuenta de la diferencia entre la humildad de los testigos de Jehová y la arrogancia de los líderes católicos. Ahora hay una pequeña congregación en Edmundston.

Después de pasar alrededor de un año en aquel lugar remoto, nos invitaron a apoyar una congregación grande en la ciudad de Quebec. Disfrutamos por seis meses de la hospitalidad de los hermanos de allí hasta que me nombraron superintendente viajante.

Los siguientes 14 años servimos en algunos circuitos de la provincia de Quebec. ¡Qué tiempos tan emocionantes! La obra en Quebec iba a toda marcha, y era común ver en una misma congregación a varias familias enteras estudiando y progresando hacia el bautismo.

NO OLVIDO EL BUEN TRABAJO DE TANTOS HERMANOS

Los hermanos que viven en la parte de Canadá donde se habla francés son fáciles de querer. Son sinceros, alegres y entusiastas. Ahora bien, no siempre era fácil para ellos aceptar la verdad, y la oposición familiar puede ser intensa. Ha habido casos de jovencitos a los que sus padres les han dicho: “¡O dejas de estudiar con los testigos de Jehová o te echamos de la casa!”. Pero ellos se han mantenido firmes. ¡Qué orgulloso tiene que estar Jehová!

En este punto, no puedo dejar de acordarme del maravilloso grupo de precursores regulares y especiales que sirvieron en Quebec en aquellos años. La mayoría de ellos venían de otras partes del país. No solo tenían que aprender a hablar bien francés, sino también adaptarse a la cultura y a la forma de pensar de la gente, que estaba muy influida por la religión católica.

Por lo general, a los precursores especiales se los enviaba a territorios aislados donde no había publicadores. Como allí a la gente no le gustaban los Testigos, era difícil encontrar casa y más difícil todavía encontrar trabajo de tiempo parcial. Hasta los recién casados tenían que vivir en grupos de cuatro, seis o incluso ocho para compartir los gastos, porque no podían permitirse vivir solos. Todos ellos trabajaban muy duro para Jehová. Cuando empezaban un curso, le dedicaban toda su atención. Hoy día en Quebec hay una gran cantidad de publicadores, así que muchos de aquellos precursores se han mudado a zonas donde se necesita más ayuda.

Mientras estábamos en la obra de circuito, los sábados por las mañanas procurábamos predicar con los adolescentes para que nos hablaran de sus retos y problemas. En la actualidad, algunos de ellos sirven en el extranjero como misioneros o atendiendo otras responsabilidades.

En aquella época, no todas las congregaciones podían reembolsarnos los gastos de viaje, así que a veces para cuando llegaba el final del mes nos habíamos quedado sin dinero. En esos casos teníamos que confiar por completo en Jehová, pues era el único que sabía que necesitábamos ayuda. Y él nunca nos falló. De una manera u otra, siempre lográbamos llegar de una congregación a la siguiente.

APRENDO DE HERMANOS FIELES

Antes mencioné cuánto me benefició lo que aprendí en Galaad sobre relaciones públicas. En Quebec tuvimos bastantes oportunidades de dar testimonio en la radio, en la televisión y en los periódicos. A menudo me asignaban a trabajar con un superintendente viajante llamado Léonce Crépeault, que era todo un experto tratando con los medios de comunicación. Cuando él hablaba con algún ejecutivo importante de esta industria, no intentaba demostrarle que sabía mucho del tema, sino que le decía: “Caballero, mi compañero y yo solo somos ministros religiosos. No sabemos gran cosa de publicidad, pero nos han encargado que informemos a la gente de un gran evento que van a celebrar los testigos de Jehová. Así que agradeceríamos inmensamente su ayuda”. Ese enfoque humilde nos abrió muchas puertas que con otra actitud se habrían quedado cerradas.

Las cosas que aprendí en Galaad y la experiencia que gané con Léonce me fueron muy útiles más tarde, cuando la sucursal me asignó a trabajar con uno de nuestros abogados —el hermano Glen How— en casos delicados que podían atraer la atención de los medios. Él defendía a la organización en los tribunales con enorme valentía, pero por encima de todo era un hombre que amaba profundamente a Jehová. Trabajar con él fue todo un privilegio.

En 1985 nos asignaron a visitar un circuito en la parte oeste de Canadá, lo que nos permitió ayudar a cuidar a mi padre, que vivía en esa zona del país. Tristemente, falleció tres meses después. Continuamos en la obra de circuito en aquella región hasta 1989, cuando inesperadamente nos invitaron a formar parte de la familia Betel de Estados Unidos. Eso significó dejar de ser superintendente viajante después de casi 19 años en los que nos quedamos en cientos de casas y disfrutamos de miles de comidas con nuestros queridos hermanos. ¡Qué agradecidos les estamos por su generosa hospitalidad!

NOS MUDAMOS A ESTADOS UNIDOS

Cuando llegamos a Brooklyn, me asignaron a trabajar en el Departamento de Servicio. Siempre estaré agradecido por la capacitación que recibí allí. Una de las lecciones que aprendí fue la importancia de verificar todos los hechos y no dar nada por sentado. En 1998 me cambiaron al Departamento de Redacción, donde todavía sigo aprendiendo. Por varios años tuve el honor de ayudar al hermano John Barr, que era el coordinador del Comité de Redacción. Siempre atesoraré con cariño todo lo que me enseñó y el tiempo que estuve a su lado. Tenía una hermosa personalidad cristiana.

David y Linda Splane posando para una foto junto a John y Mildred Barr.

Con John y Mildred Barr.

Es un auténtico placer servir junto con los humildes hermanos y hermanas del Departamento de Redacción. Siempre le piden a Jehová que los ayude a cumplir con sus tareas y saben muy bien que todo lo que logran es gracias al espíritu santo y no a cualquier talento que posean.

El hermano Splane dirigiendo el coro de la Watchtower, formado por 20 hermanos y hermanas, mientras a un lado una hermana toca el piano.

Dirigiendo el coro de la Watchtower en la reunión anual del 2009.

El hermano Splane con una sonrisa le entrega una biblia a una hermana.

Repartiendo biblias en la asamblea internacional del 2014 en Seúl (Corea del Sur).

Para Linda y para mí ha sido un privilegio viajar a 110 países para visitar a nuestros fieles hermanos. Hemos visto de primera mano el amor de los misioneros, los miembros de los Comités de Sucursal y otros siervos de tiempo completo. También nos ha encantado ver cómo los publicadores ponen el Reino en primer lugar con entusiasmo y lealtad a pesar de las guerras, los problemas económicos y la persecución. ¡Cuánto debe de quererlos Jehová!

Linda me ha sido de muchísima ayuda para atender mis responsabilidades todos estos años. Tiene don de gentes, ama a las personas y siempre está buscando formas de ayudarlas. También tiene una gran habilidad para empezar conversaciones de manera informal. Y ha logrado que muchas personas conozcan a Jehová y que varios hermanos que se habían hecho inactivos regresen a la congregación. ¡Qué regalo tan valioso me hizo Jehová! Ahora que los dos nos estamos haciendo mayores, agradecemos de corazón el apoyo que nos brindan hermanos y hermanas jóvenes en nuestros viajes y de otras maneras prácticas (Mar. 10:29, 30).

Al pensar en los pasados 80 años, me siento agradecido. Hago mías las palabras del salmista: “Oh, Dios, tú me has enseñado desde que era joven, y hasta ahora sigo declarando tus maravillosas obras” (Sal. 71:17). Eso es algo que tengo intención de seguir haciendo mientras viva.

a Hoy en día, esta capacitación se ofrece como parte de la reunión de entre semana.

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