“La quiebra de una edad”
El prelado anglicano H. R. L. Sheppard, que en un tiempo fue deán de la catedral de Cantérbury y canónigo de la catedral de San Pablo, escribió su libro The Impatience of a Parson casi dos décadas antes del advenimiento de la edad atómica. Pero juzgando por el tono de algunas de sus declaraciones uno diría que las escribió hoy.
“No vacilamos, sino inmediatamente confesamos que los tiempos están descoyuntados,” escribió él, “y las armas que forjamos para nuestra seguridad rotas están en nuestra mano. Hay considerable confusión en la mente de aquellos que en un tiempo eran consejeros en quienes confiábamos; carece su habla del tono de confianza. Lo que ha dificultado más la situación es que la realidad severa nos ha obligado a renunciar a nuestra creencia de la edad victoriana en un progreso automático hacia la perfección; en verdad, la creencia nos renunció a nosotros en agosto de 1914, y hasta la fecha no nos hemos recobrado del sobresalto. Se nos ha obligado en años recientes, como nos ha recordado el Dr. Fosdick, a contemplar la quiebra de una edad que tenía cierto derecho a considerarse ella misma la edad más humanitariamente progresiva, la más iluminada y la más segura de toda la historia.
“Últimamente se nos ha recordado que durante los pasados años recientes veinticuatro tronos han sido derribados, incluyendo a los de los mayores imperios territoriales del mundo. Durante esos años hemos presenciado la peor guerra que ha acontecido en toda la historia, la cual costó más de diez millones de vidas; hemos experimentado la peor hambre que el mundo ha conocido hasta la fecha; y también la peor pestilencia conocida al hombre, la cual contó con más víctimas que la guerra misma. . . .
“No nos es posible olvidar lo que le pasó a la civilización en que tanto confiábamos. El progreso que se ha logrado en ciencia y educación y el aumento de conocimiento en cuanto a todo no han realizado lo que esperábamos de ellos, a saber, hacer la vida más segura y más agradable para nuestro prójimo; de hecho, ya que el egoísmo no ha sido subyugado, el hombre se ha hecho más peligroso y esto al mismo grado que ha aumentado su poder para el mal. Queda justificado el profesor Huxley por decir, como lo hizo hace muchos años, que nuestros milagros altamente desarrollados nos habían dado mayor mando sobre la naturaleza no humana que el que antes se le atribuía a los magos. No se nos puede confiar esta nueva adquisición de conocimiento científico; no podemos usarlo para la gloria de Dios ni para el bien estar del género humano.”