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  • ‘Condenados por sus propias palabras’

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  • ‘Condenados por sus propias palabras’
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1951
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1951
w51 15/10 pág. 640

‘Condenados por sus propias palabras’

En uno de los estudios bíblicos que conduzco todas las semanas la señora de la casa pidió que viniera el día siguiente por la mañana porque iba a venir su cura para bendecir el agua “bendita”, y ella quería que yo entrara en una discusión de la Biblia con él, estando ellos presentes. Quedé de acuerdo, y a la mañana siguiente estaba esperándolo cuando llegó con su maletín en el cual tenía su cruz, manto, incienso, etc. Después de la ‘bendición’ la señora me presentó y dijo que ella deseaba oír una discusión de la Biblia. Él contestó que no tenía tiempo ahora, pero que lo haría más tarde. Ella le dijo que ya que él había dispuesto del tiempo para venir y regar agua “bendita” por qué no se sentaba un rato para enseñarle algo acerca de la Palabra de Dios.

Durante la discusión que tuvimos él dijo, “Ustedes testigos no le dan honra a la virgen María”; a lo cual contesté, “Le damos el honor que merece cualquier madre fiel, pero no podemos dirigirnos a ella en oración, puesto que Jesús es el único intermediario entre Dios y los hombres.” “Sí, tienen razón,” admitió él. “Pero ella no tuvo más .hijos, como dicen ustedes que tuvo, sino que para siempre permaneció virgen,” agregó él. Cuando se le pidió que probara esto con la Biblia se halló obligado a admitir que no estaba en la Biblia. Por fin confesó, “Ustedes tienen razón y verdaderamente enseñan la Biblia y nosotros hemos fracasado en nuestra misión, metiendo formalismos para hacer una exhibición para la gente.” Cuando se le preguntó por qué seguía enseñando cosas que él sabía no eran enseñadas en la Palabra de Dios, dijo que si él hiciera algún cambio el patriarcado lucharía contra él y él sería despedido de su puesto. Entonces salió precipitadamente y los de mi estudio bíblico felizmente anunciaron que desde entonces en adelante eran testigos de Jehová.—J. T., misionero de Galaad, Turquía.

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